Los primeros siete versículos de Romanos constituyen mucho más que un saludo protocolario. Pablo aprovecha la forma epistolar para introducir, desde la primera oración, varios de los temas que gobernarán toda la carta. Antes de hablar de la culpabilidad de gentiles y judíos, de la justificación, de Abraham, de la ley, del pecado, de la gracia o de Israel, el apóstol coloca delante del lector el evangelio de Dios, al Hijo de Dios, las Escrituras proféticas, la resurrección, las naciones, el llamamiento y la “obediencia a la fe”. El prólogo funciona así como una miniatura teológica de la epístola entera.
Conviene observar, además, que Romanos 1:1-7 forma en el texto griego una sola oración extensa. La Reina-Valera 1960 necesariamente introduce pausas y signos de puntuación para facilitar la lectura española, pero sintácticamente Pablo comienza con su nombre, añade una serie de expresiones que describen su identidad y misión, define el evangelio para el cual fue apartado, presenta al Hijo como contenido central de ese evangelio y solamente en el versículo 7 llega de manera completa a los destinatarios. Esta arquitectura gramatical es importante porque muestra que Pablo no separa su apostolado del evangelio, ni el evangelio de Cristo, ni a Cristo de las promesas de las Escrituras, ni la gracia apostólica del propósito de producir obediencia entre las naciones.
Romanos 1:1“Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios”.
Pablo comienza con su nombre y lo acompaña inmediatamente con tres descripciones que no deben leerse como adornos honoríficos. Cada una expresa una relación. Es siervo con respecto a Jesucristo, apóstol por llamamiento y apartado con respecto al evangelio. Su identidad ministerial queda enteramente subordinada a una iniciativa que procede de Dios y tiene a Cristo como Señor.
La palabra traducida “siervo” es δοῦλος (doûlos), término que literalmente designaba a un esclavo o a una persona que pertenecía a un señor. En determinados contextos bíblicos la palabra puede adquirir una dignidad particular, porque ser siervo de Dios significa estar consagrado a su voluntad, pero ese trasfondo honorable no elimina la idea básica de pertenencia y sujeción. Pablo no se presenta como dueño del mensaje que predica. El evangelio no es su propiedad intelectual y el apostolado no constituye una plataforma para la autonomía personal. Jesucristo es el Señor y Pablo es su siervo.
La expresión de la Reina-Valera 1960, “llamado a ser apóstol”, traduce κλητὸς ἀπόστολος (klētòs apóstolos). El griego no contiene aquí un verbo equivalente a “ser”. De manera más literal podría expresarse “apóstol llamado” o “llamado apóstol”. κλητός es un adjetivo verbal que subraya que Pablo no se atribuyó a sí mismo ese oficio. Su apostolado tiene origen en el llamamiento divino. Gálatas 1:15-16 expresa la misma convicción cuando Pablo afirma que Dios lo apartó y lo llamó para revelar a su Hijo en él, a fin de que lo predicase entre los gentiles.
El sustantivo ἀπόστολος procede del verbo ἀποστέλλω, “enviar”. El sentido no se agota en la idea genérica de mensajero, porque Pablo habla aquí de su comisión apostólica particular. El contexto posterior confirma que entiende su misión en relación con “todas las naciones” en Romanos 1:5. La autoridad del apóstol, por tanto, no descansa en prestigio personal, sino en haber sido llamado y enviado.
La tercera expresión es ἀφωρισμένος εἰς εὐαγγέλιον θεοῦ, “apartado para el evangelio de Dios”. ἀφωρισμένος es un participio perfecto pasivo. El perfecto presenta una acción realizada cuyos efectos permanecen. Pablo había sido apartado y continuaba viviendo bajo las consecuencias de ese apartamiento. La voz pasiva dirige nuevamente la atención hacia la acción de Dios. Pablo no se separó a sí mismo para una carrera religiosa. Fue apartado para una misión.
La preposición εἰς, traducida “para”, expresa orientación o finalidad. Todo converge “hacia” el evangelio. Y ese evangelio es llamado εὐαγγέλιον θεοῦ, “evangelio de Dios”. El genitivo puede señalar tanto procedencia como pertenencia. El mensaje viene de Dios y le pertenece. Esta expresión impide reducir el evangelio a una construcción paulina. Pablo es mensajero; Dios es su fuente.
Clave contextual. Antes de que Romanos discuta la respuesta humana al evangelio, deja establecido quién posee la iniciativa. Dios llama, Dios aparta y Dios da el evangelio. La obediencia que aparecerá en el versículo 5 será, por ello, respuesta a una revelación y a una gracia que preceden al hombre, nunca una obra mediante la cual el hombre invente o merezca la salvación.
Romanos 1:2“que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras”.
El pronombre relativo “que” retoma inmediatamente “el evangelio de Dios” del versículo anterior. Pablo no abandona el tema para introducir una observación secundaria. Está explicando la naturaleza de ese evangelio. El mensaje que ahora proclama no apareció de improviso en la historia y tampoco representa una ruptura caprichosa con la revelación anterior. Dios lo había prometido de antemano.
El verbo griego es προεπηγγείλατο (proepēngeílato), aoristo de un verbo compuesto que significa “prometer de antemano”. El prefijo προ- refuerza precisamente la anterioridad de la promesa. El evangelio pertenece al cumplimiento del propósito de Dios anunciado previamente, y este hecho será fundamental cuando Pablo argumente más adelante acerca de Abraham, David, la ley y los profetas.
La frase “por sus profetas” traduce διὰ τῶν προφητῶν αὐτοῦ. La preposición διά con genitivo presenta a los profetas como instrumentos mediante los cuales Dios hizo conocida la promesa. El mensaje tiene a Dios como autor y a los profetas como voceros. La expresión siguiente, “en las santas Escrituras”, sitúa esa promesa en el testimonio escrito reconocido por el pueblo de Dios.
La consecuencia argumentativa es importante. Si el evangelio fue prometido en las Escrituras, rechazarlo alegando fidelidad a las Escrituras sería una contradicción. Pablo desarrollará precisamente este punto cuando demuestre que la justicia por la fe no invalida el testimonio anterior, sino que “la ley y los profetas” daban testimonio de ella según Romanos 3:21. También acudirá a Abraham y David en Romanos 4 para mostrar que su evangelio no combate la revelación antigua, sino que explica su verdadero movimiento hacia Cristo.
Este versículo, por consiguiente, coloca una regla hermenéutica delante de toda la epístola. La relación entre Antiguo y Nuevo Testamento no debe concebirse como una guerra entre dos dioses, dos propósitos o dos evangelios. Hay desarrollo histórico y cambio de pacto, pero existe continuidad en el propósito redentor. El evangelio es nuevo en cuanto a su realización histórica en Cristo y, al mismo tiempo, antiguo en cuanto a la promesa divina que lo anunció.
Romanos 1:3-4“acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”.
El evangelio tiene contenido concreto. Es “acerca de su Hijo”. No consiste simplemente en una colección de principios morales ni en una teoría abstracta de la justificación. El centro del mensaje es una persona, el Hijo de Dios, cuya identidad Pablo describe desde dos perspectivas complementarias.
La primera expresión es τοῦ γενομένου ἐκ σπέρματος Δαυὶδ κατὰ σάρκα, “del que llegó a ser de la descendencia de David según la carne”. El verbo γίνομαι puede expresar nacimiento, llegada a una condición o entrada en la existencia histórica. Aquí la idea es clara. El Hijo entró en la historia humana dentro de la descendencia davídica. σπέρμα Δαυίδ, “simiente” o “descendencia de David”, conecta a Jesús con las promesas mesiánicas asociadas a la casa de David.
La expresión κατὰ σάρκα, “según la carne”, no presenta aquí la carne como algo pecaminoso. Describe a Cristo en cuanto a su existencia histórica y humana, dentro de una genealogía real. Este uso resulta especialmente importante para la lectura posterior de Romanos, porque demuestra que σάρξ, “carne”, no significa automáticamente “cuerpo pecaminoso” ni puede reducirse mecánicamente a materia corporal. El contexto determina su valor.
La segunda descripción dice que Jesucristo fue “declarado Hijo de Dios con poder”. El verbo es ὁρίζω, aquí en el participio aoristo pasivo ὁρισθέντος. Puede expresar determinar, designar o establecer. La traducción “declarado” comunica adecuadamente que la resurrección no convirtió a Jesús en Hijo de Dios como si antes no lo hubiera sido, porque el versículo 3 ya lo llama expresamente “su Hijo”. El contraste no es entre “no Hijo” y “Hijo”, sino entre su condición histórica “según la carne” y su manifestación o designación poderosa como Hijo mediante la resurrección.
La frase “con poder” traduce ἐν δυνάμει. La resurrección marca la vindicación poderosa de aquel que había sido crucificado. El evangelio que Pablo predica no anuncia solamente que Jesús murió, sino que el crucificado fue levantado de entre los muertos. Precisamente por eso Romanos 10:9 podrá colocar la confesión de Jesús como Señor junto con la fe en que Dios lo levantó de los muertos.
La expresión “según el Espíritu de santidad” traduce κατὰ πνεῦμα ἁγιωσύνης. La construcción es singular y ha sido interpretada de diversas maneras. Puede entenderse en relación con el Espíritu Santo o como una manera semítica de describir la esfera espiritual y santa que contrasta con “según la carne”. Lo que resulta seguro por la sintaxis es que Pablo establece una correspondencia entre κατὰ σάρκα y κατὰ πνεῦμα ἁγιωσύνης. Por prudencia exegética, conviene no construir sobre esta expresión aislada una doctrina que el contexto no exige.
“Por la resurrección de entre los muertos” traduce ἐξ ἀναστάσεως νεκρῶν. En el contexto, la referencia primaria es la resurrección de Jesucristo. Ella constituye la gran demostración histórica de que el Jesús crucificado es el Mesías davídico y el Hijo de Dios investido de poder. La cruz no fue la derrota del Hijo. La tumba vacía fue la respuesta divina a la condena humana.
Importancia doctrinal. Romanos comienza su exposición de la salvación con una cristología elevada. El evangelio no gira alrededor del hombre y sus posibilidades, sino alrededor del Hijo prometido, encarnado en la descendencia de David, muerto y resucitado. Toda doctrina posterior de gracia, fe, justificación y vida nueva dependerá de lo que Dios hizo en Cristo.
Romanos 1:5“y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre”.
El pronombre “quien” se refiere a Jesucristo. Por medio de él Pablo declara haber recibido “la gracia y el apostolado”. La construcción griega es χάριν καὶ ἀποστολήν. En este contexto, “gracia” se encuentra estrechamente vinculada con su comisión apostólica. Pablo considera su apostolado un favor recibido, no una conquista personal. Más adelante podrá hablar de “la gracia que de Dios me es dada” en relación con su ministerio entre los gentiles, según Romanos 15:15-16.
El propósito aparece mediante otra construcción con εἰς. Pablo recibió esa gracia y ese apostolado εἰς ὑπακοὴν πίστεως, literalmente “para obediencia de fe”. La Reina-Valera 1960 traduce “para la obediencia a la fe”. Gramaticalmente, πίστεως es un genitivo sin artículo y puede explicar la clase, fuente o esfera de la obediencia. De ahí que la expresión pueda entenderse como “obediencia que procede de la fe”, “obediencia caracterizada por la fe” o, de manera más compacta, “obediencia de fe”.
Lo decisivo es que Pablo no coloca aquí fe y obediencia como enemigos. Las une. Al principio de Romanos el propósito de su misión es producir “obediencia de fe”, y al final de la epístola reaparece prácticamente la misma construcción en Romanos 16:26, donde el misterio revelado ha sido dado a conocer “a todas las gentes para que obedezcan a la fe”. Esta correspondencia forma una inclusión literaria que enmarca la carta.
Romanos 16:26“pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe”.
Esta observación será decisiva cuando lleguemos a Romanos 3 y 4. Si se define desde el principio la “fe” paulina como un acto mental que excluye toda respuesta obediente, se introduce en la carta una oposición que el propio Pablo no establece aquí. La discusión posterior acerca de las “obras” deberá, por tanto, respetar esta definición inicial. Pablo podrá negar que el hombre sea justificado por obras que produzcan jactancia o conviertan la recompensa en deuda, pero no podrá estar condenando la misma obediencia que constituye el propósito de su apostolado.
La expresión “en todas las naciones” traduce ἐν πᾶσιν τοῖς ἔθνεσιν. ἔθνη puede significar “naciones” o “gentiles” según el contexto. Aquí el horizonte es universal. El evangelio prometido en las Escrituras y centrado en el Hijo de David no queda encerrado dentro de Israel. Su finalidad alcanza a las naciones. Esta universalidad anticipa uno de los argumentos centrales de Romanos. Hay un solo evangelio para judío y gentil porque hay un solo Dios y un solo Señor.
Finalmente, Pablo añade “por amor de su nombre”. La misión no tiene como fin último engrandecer el nombre del apóstol ni formar comunidades alrededor de su personalidad. La obediencia de las naciones existe “por” o “en favor de” el nombre de Cristo. El evangelio orienta al hombre fuera de sí mismo. La gloria pertenece al Señor.
Romanos 1:6“entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo”.
Los cristianos de Roma se encuentran dentro del alcance universal mencionado en el versículo anterior. La frase “entre las cuales” los incluye entre las naciones a las que se dirige la misión apostólica. Roma, centro político del imperio, no queda fuera del señorío del Cristo resucitado. La extensión geográfica del poder romano es confrontada discretamente con una misión de alcance todavía mayor, pues el evangelio se dirige a “todas las naciones”.
La expresión griega es κλητοὶ Ἰησοῦ Χριστοῦ. Nuevamente aparece κλητός, “llamados”. La frase puede expresar pertenencia, “llamados que pertenecen a Jesucristo”, o relación con el llamamiento de Cristo. En cualquiera de los casos, la identidad cristiana se define por su relación con Jesucristo.
Dentro de la teología apostólica, este llamamiento no exige postular una voz secreta o una experiencia independiente del mensaje revelado. Segunda de Tesalonicenses 2:14 ofrece una explicación explícita cuando afirma que Dios “os llamó mediante nuestro evangelio”. El llamamiento divino alcanza al hombre mediante la proclamación del evangelio, y el hombre entra en la comunidad de los llamados cuando responde a ese mensaje. Esta relación armoniza perfectamente con Romanos 1:5, donde el objetivo de la misión es la obediencia de fe.
La expresión tiene también un efecto pastoral. Los creyentes romanos no son espectadores de la argumentación que seguirá. Ellos mismos han sido alcanzados por ese evangelio. Cuando Pablo hable de pecado, gracia, bautismo, santidad, vida en el Espíritu y relaciones entre judíos y gentiles, estará explicando las implicaciones de una identidad que ya les pertenece en Cristo.
Romanos 1:7“a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”.
Después de seis versículos de expansión teológica, Pablo llega finalmente a la designación completa de los destinatarios. Es significativo que diga “a todos los que estáis en Roma”. La carta no está dirigida a una élite doctrinal dentro de la comunidad. Todos los creyentes son incluidos bajo dos descripciones de extraordinaria densidad, “amados de Dios” y “llamados a ser santos”.
“Amados de Dios” traduce ἀγαπητοῖς θεοῦ. Antes de explicar las obligaciones de la vida cristiana, Pablo recuerda la iniciativa del amor divino. Este tema reaparecerá con especial fuerza en Romanos 5:8, donde Dios muestra su amor en la muerte de Cristo por pecadores, y culminará en Romanos 8:35-39, donde ninguna potencia creada puede separar al creyente del amor de Dios que es en Cristo Jesús.
La segunda descripción es κλητοῖς ἁγίοις. La Reina-Valera 1960 añade “a ser”, de modo semejante a lo que hizo en el versículo 1. Literalmente la expresión es “llamados santos” o “santos por llamamiento”. ἅγιος significa santo, apartado, consagrado. Pablo no emplea “santos” como título reservado para una clase excepcional de cristianos reconocidos después de su muerte. Los creyentes de Roma son santos porque pertenecen a Dios y han sido llamados a una vida correspondiente con esa pertenencia.
La santidad, por ello, posee tanto una dimensión de identidad como una dimensión ética. Dios aparta un pueblo para sí, y ese pueblo debe vivir conforme a su llamamiento. Romanos desarrollará esta consecuencia cuando llegue a la nueva vida del capítulo 6 y a la presentación del cuerpo como sacrificio vivo y santo en Romanos 12:1. La gracia que justifica no deja al hombre instalado tranquilamente en la vieja esclavitud del pecado. Lo introduce en una nueva pertenencia.
El saludo “Gracia y paz” adapta y profundiza las fórmulas epistolares del mundo antiguo. “Gracia”, χάρις, y “paz”, εἰρήνη, anticipan dos realidades que serán centrales en la carta. La gracia aparecerá como fundamento de la salvación que no puede ser convertida en deuda humana, y la paz será presentada como fruto de la justificación en Romanos 5:1.
Especial atención merece la fuente del saludo. La gracia y la paz proceden “de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Pablo coloca al Padre y al Señor Jesucristo juntos como fuente de la bendición apostólica. Esto armoniza con la elevada cristología de los versículos anteriores. Jesucristo no aparece como un personaje periférico entre Dios y los creyentes, sino dentro de la misma estructura de bendición, autoridad y señorío que define la existencia cristiana.
Leídos en conjunto, estos siete versículos establecen una secuencia teológica que convendrá recordar durante todo el comentario. El evangelio pertenece a Dios, fue prometido previamente en las Escrituras, tiene como centro al Hijo, encuentra su confirmación decisiva en la resurrección, se dirige a todas las naciones y busca producir obediencia de fe para la gloria del nombre de Cristo. Los creyentes que responden a ese llamamiento pertenecen a Jesucristo, son amados de Dios y viven como santos.
Esta secuencia previene varios errores de lectura. La gracia no puede utilizarse para eliminar la obediencia porque el apostolado de la gracia tiene como propósito precisamente la “obediencia de fe”. La fe tampoco puede ser convertida en mérito humano porque todo comienza con el evangelio de Dios, el llamamiento divino y la obra realizada en su Hijo. El Antiguo Testamento no puede emplearse para rechazar el evangelio, porque ese evangelio fue prometido en las santas Escrituras. Y la santidad no puede reducirse a un título honorífico, porque describe la nueva pertenencia de quienes han sido llamados a Jesucristo.
Hay también un movimiento notable desde Dios hacia las naciones y desde las naciones hacia la obediencia. Dios promete, Dios envía a su Hijo, Dios lo resucita, Cristo concede gracia y apostolado, el evangelio es proclamado y las naciones son llamadas a responder con fe obediente. Esta dinámica será el cauce de Romanos. El hombre no se salva fabricando justicia por sí mismo; tampoco permanece pasivo ante la gracia. Escucha el evangelio, cree, obedece y entra en una nueva relación con Dios por medio de Cristo.
Síntesis exegética. Romanos 1:1-7 presenta el evangelio como la obra prometida de Dios centrada en Jesucristo, el Hijo davídico resucitado y Señor. Pablo ha recibido por medio de Cristo una comisión apostólica cuyo propósito es llevar a las naciones a la obediencia que pertenece a la fe. Los creyentes de Roma forman parte de ese llamamiento, pertenecen a Cristo y han sido apartados para una vida santa. El prólogo, por consiguiente, no es un saludo prescindible. Contiene ya las coordenadas fundamentales para interpretar toda la carta.